Shiraz

Shiraz
Gemma Love

sábado, 3 de marzo de 2012

Iluminada

  No había ni una pizca de alimento en ese cuerpo, siquiera había ganas de seguir en movimiento; yacía recostado en una superficie húmeda de la calle ochenta y seis con el sólo monólogo de sus pensamientos. Si, desde luego; era un cuerpo cuya mente podía pensar y atravezar cualquier espiral aterradora en su búsqueda de la iluminación. Había pasado ya un tiempo que no se mide, y  la gente sin percatarse de su presencia, a excepción de los que deambulaban en la madrugada, de vez en cuando paraban un tiempo indefinido y contemplaban extrañados la inminente belleza de su concentración. Pero nunca iba a más, no hubo quien le hiciera compañía y dejaron pasar su oportunidad de luz. 

  Pude verlo una vez, el cuerpo, en la calle ochenta y seis. Tenía las manos largas y un poco rasposas; sus ojos permanecían cerrados cual paz eterna; estaba de costado izquierdo en posición fetal y tenía las piernas ligeramente dobladas, un poco sucias. Era un cuerpo hermoso por el aura etérea que le rodeaba, no supe distinguir si era hombre o mujer, hasta la fecha no sé si era un cuerpo realmente humano. Esa noche tuve sensación de miedo, algo tan  perceptiblemente bello y la idea de quedarme atrapada ahí para siempre, sonaba mal, sonaba horrible. Pero estaba desgastada de los días y lo único placentero era la luz que emanaba, "absurdo" pensé, "qué es esto y que estoy haciendo, seguro estoy borracha, me voy a casa". No sé cuando, pero estaba recostada a su lado, observando las estrellas que seguramente ese cuerpo no veía, no con los ojos abiertos a este mundo. Me sentí bien, por un momento, estaba en donde quería estar. El cielo se vino a bajo en zoom, pude notar cada estrella en su forma original; nada parecido a lo que había visto antes. Eran vivientes, extrañas y se llamaban a sí mismas con un nombre que no supe pronunciar; lo que estaba pasando era sencillo: ya no estaba dormida, ya no estaba camino a casa, ya no estaba. 

  Esto era mejor que lo que había sentido antes, simplemente no encontraba ni mis manos, podía sentir todo el derredor menos mi cuerpo, no había forma de observarme; pero de algo estaba segura, esto podría durar un tiempo indefinido y eso no me importaba. "Como poder respirar bajo el agua, pero con la liviandad del viento", así lo defino. Estaba feliz, me sentía plena y extendida, un goce súbito, así que empecé a moverme por todo el espacio, entendiendo la razón principal de la humanidad: se revelaba  a caricias el propósito existencial.

Como quien no se lo espera, caí en una espiral de espinas negras, el seco trueno estremeció mi ser y pude ver mis manos, largas y un poco rasposas; mis piernas entumidas por la posición fetal en que me encontraba; me estiré adolorida, el peso decendió por mis mejillas, se acabó la respiración en el agua y la liviandad del viento...

  Estaba ahí, en la misma habitación de siempre, sin entender lo que pensaba y sintiendo el cuerpo desnutrido, débil hasta la mirada. No había estrellas de nombres extraños, ni luz etérea, ni iluminacion. La razón principal de la humanidad me pareció un asco y vomité lo que no había comido,  tomé algo, no recuerdo que y, lo presioné a mi pecho, se hundió profundo y dejó rodar por mis brazos calidez propia, si, se sentía mejor, la sangre es cálida, más cálida que los cuerpos unidos. No era suficiente, necesitaba sentir más aquel calor, así que utilicé mis propias uñas y las hundí en mis brazos y piernas como quien hunde la cuchara en un flan napolitano. Pude por un momento ser mi dueña, levanté la dermis como quien pela una banana, y fluyó así en la habitación la fuente de la vida. Lo único que se dibujaba en mi rostro era una ténue sonrisa, casi desvanecida, etérea, por un lapso de tiempo indefinido pude respirar nuevamente bajo líquido, liviana con el viento y totalmente iluminada.

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