Shiraz

Shiraz
Gemma Love

lunes, 28 de mayo de 2012

La conciencia desgarrada de no poder encontrar algo (Parte 4)


4

  Me desperté pobre, ya que la noche anterior me había gastado toda mi plata, así que amanecí harta, hecha bofia y con el cuerpo adolorido, ya que la lesión de mi espalda empezaba a manifestarse y además  mis pies los tenía molidos, púes dos días antes había trabajado de edecán en un supermercado y los zapatos me habían roto hasta la esperanza. La lesión se debía a que en mis años de preparatoria había logrado entrar a la selección de gimnasia rítmica y en una de esas contorsiones contorsioné a la misma contorsión y el tendón derecho cerca de la columna gimió como leona en celo. Y con los años se manifestaba en hinchazón o molestia, en general todo mi cuerpo es un  peluche parchado. Sentí más la miseria en la que estaba cuando me percaté de que me había dejado de importar todo, hasta mi perro, que venía enfermo varios días y sus inyecciones me andaban dejando en la indigencia; por lo que me di a la tarea de vender la ropa que ya no usaba y con el desapego que me caracteriza: la que aún usaba, así que con la ganancia exacta compré unas pantys y pagué a Ragel, un amigo de la vida, que además era veterinario; pero no le pague con las pantys, aunque pude hacerlo, pero el no usa pantys. El punto es que me pasé los días haciendo entregas y eso me bastaba por mientras para alejarme de Jim y de mi familia. Por momentos sentía unas ganas tremendas de extirparme de mi vida, cerrar la tienda, tomar los tenis más cómodos, una mochila y lanzarme a la costa a nadar y comer pescado y beberme unas frías; quedarme ahí mientras buscara alojamiento en algún pueblo costero y regresar sólo por mi perro para establecernos en una casa no tan pequeña pero tan poco tan jodida, ya que a fin de cuentas, se vale vivir sencillamente pero no al extremo de miserable, no hay que ser tan masoquistas para disfrutar. De esa forma quería deleitarlo todo, de la manera más sencilla, comiendo el sol y ardiendo siniestramente por todos los caminos y las carreteras donde pueda iluminar el monte. Pero regresaba mi mente al sonido del mediodía, en medio de la hora pico meridana y sólo  me limitaba a cerrar las páginas que habría en internet, empezaba a querer buscar una satisfacción más consistente que la de postear poemas en páginas donde los agregados eran en su mayoría mentes muertas o demasiado terrenales, merecían mis penas ser exhumadas por el alcohol y el retiro, si de todas formas el clima era un infierno, entonces buscaría la manera más real de sentirlo. No sé si se podía algo más real de lo que venía sucediendo, a veces me parecía que todo era sombras, reflejo de lo que es, incluyéndome. Quizá en el punto de completo aislamiento y en contacto con lo más posiblemente real: la naturaleza, podría deliberar sanamente acerca de mis próximos pasos y hallase como por revelación la senda fácil donde los ángeles caminan. Pero, siendo franca, todos me parecían demonios sin destino, como yo; y las sendas fáciles no eran más que leyes y protocolos. Y nada, absolutamente nada de ello me llenaba.  Y pasé la tarde de esa forma, hasta que por la noche llegó Ragel a inyectar a Romeo, al término de los coleteos sugerí charlar fuera de la casa porque era una estufa muy caliente y mi cabeza palpitaba anunciando posible convulsión. Ese día hablamos de Kerouac y de todos esos bellos sonidos que conforman la vida de Ragel, del cual me expresaré más adelante.

La conciencia desgarrada de no poder encontrar algo (Parte 3)


3
   Para lo que hice el viernes, nada de lo planeado: salí del servicio social donde trabajo con niños desde hace ya nueve meses y bajé hasta la oficina de Jim, cerca del centro donde trabaja en un departamento para el gobierno. Lo absurdo de la situación es que Jim me prestaba todo su tiempo, estábamos en contacto casi todas las horas y no porque yo así lo quisiera, siempre estaba al tanto mío cual exagerado protector; eso me era extraño porque soy una persona sola y es en la soledad donde siempre he encontrado el bienestar. Todo eso me hacía pensar que nada tenía que ver con alguien más y que era mi cabeza paranoica la que creaba historias, así que empezaba a dudar de mi intuición, desequilibrando todo mi ser; entonces, mantuve firme la idea de que es necesario un poco de desequilibrio para mantener el equilibrio. Esa tarde que lo visité llevé a Ximena conmigo, una amiga de la Universidad, los presenté y estuvimos parloteando una hora hasta que nos hizo el paro de llevarnos al teatro donde se presentarían aquellos videos de comunicación, nos bajamos del auto y yo le despedí con un beso de esos que no entiendo y él se fue. Ya en la puerta del teatro nos fijamos en lo mucho que faltaba y para colmo Ximena había visto a su ex novio, Porfirio, que vacilaba como siempre al aire sin percatarse de lo  que sucedía a su alrededor, así que fuimos al Mayan Pub, un bar céntrico y pedimos un cubetazo de pacífico, yo quería la Guinnes pero estaba a noventa cada una, lo mismo que un cubetazo con cinco pacíficos, así que nos fuimos por lo bara y parlamos de hombres. Ya risueña, confesé a Ximena esas cosas que se confiesan entradas en tono, así que hablé de León, un colega de la universidad que había soltado una sopa extraña acerca de nosotras, se supone fue hace medio año, el andaba en una fiesta en casa del Vega, otro colega de la Uni, y habló de ella como hablan esos que no son caballeros y si tienen memoria. Y pensar que León y yo tuvimos hace cierto tiempo una historia bastante curiosa y después de eso le echara los dogos a mi amiga, pero está bien, yo siempre quise que el se fijara en otra persona y que mejor que Ximena. Pero esa noche, entre los retumbos del Jazz que sonaba en el sitio, ella me aclaró que no hubo más entre ellos, fue sólo un plan maldito y divertido para que Anaís, una chica un tanto gorda que le tiraba la tanga a León, dejara de perseguirlo y entonces él se encontrase lejos de la tentación de utilizarla para meros fines placenteros.
  Pasaban de las nueve, apenas llevábamos tres cervezas y Ximena me alcanzó en felicidad, con los ojos a todas partes menos a ella, le confesé el gusto que me daba verla en pie después de su tórrido romance con Porfirio del que había salido tan herida como foca bebé. El asunto fue así: el chico la había dejado de repente y ni ella se explicaba porqué, lo cierto es que todos sabíamos que Porfirio era lo bastante desmesurado para vivir esta vida, se la pasaba echando desmadre en donde se le permitiera hacerlo, bebiéndose y enfiestándose como cualquier chaval de dieciocho años que tomaba enserio sólo el hecho de que en algún momento algo habría de tomar enserio, por lo demás era bastante social y buen amigo, siempre andaba con un grupillo que denominaban “hermanos” quienes en la menor peda le dejaban tirado haciendo el ridículo. Y digo ridículo porque eso decían, andaba de boca en boca y para rematar pensaban que era homosexual, porque además, sus movimientos eran desprovistos de masculinidad. Vaya que el Porfirio me caía bien, era de esas personas a las que les puedes rezar un rosario y te escuchan entero no por que sea religioso, porque no lo era, sino porque nació siendo una oreja muy grande, dispuesto a todo por quienes ama. Supongo que de ahí el interés de Ximena en él, aparte el la había conocido un año antes de que entrase a la Universidad, la vió en un stan de la Licenciatura y se acercó a pedir informes, entonces decidió que quería estudiar Comunicación solo para verla; y así fue. El con dieciocho años y ella con veintiuno, él de nuevo ingreso y ella de salida al mundo. Y esas diferencias se fusionaron en Chicxulub puerto, en la casa de Porfirio, quién me confesó que le gustaba Ximena. Recuerdo muy bien esa noche porque Isaías, el dude con el que yo asistí se encontró con Perline, su ex vieja con la que se enfundó tanto que me la recordaba cada que nos veíamos, hasta la fecha no sé como pude tolerarlo, o era demasiado paciente o en definitiva estaba pendejasa; vaya, el punto es que los noté tan cercanos, a Perline e Isaías, chupando del mismo limón donde bebían su tequila, que me tomé el caballito que me faltaba y me lancé arena abajo, salí de la casa y me escabullí entre la oscuridad de los matorrales donde encontré a Porfirio en medio de la nada, quizá un poco perdido por el vodka después de jugar fondo, me acerqué y le dije –tengo que confesarte algo ¿hay alguien que te guste de aquí?- Todo indicó que la interesada en él era yo y eso era falso, así que actué rápido y seguí hablando – porque le gustas a Ximena- y entonces su rostro se iluminó divino, y con la impertinencia que el alcohol hereda en la sangre, fue a buscarla y se besaron sobre las aguas que reflejaba la Luna. Esa noche dejé a Isaías con su Perline, me fui con Caballero, un amigo en común de los dos que me llevó a casa y durante todo el viaje permanecí en el silencio más húmedo de toda mi vida. Después de eso Ximena y Porfirio dieron rienda suelta a su amorío, formalizaron y un día, no más se dejaron, Porfirio pidió espacio y Ximena le dio la eternidad.

  Seguíamos las dos en la mesa compartiendo la última fría y decidimos ponernos en marcha a la siguiente parada: un puesto de dogos. De camino yo estaba extasiada de que nos hallásemos jóvenes y vivas, y gritaba enjundiosa y con los brazos abiertos lo mucho que se me apetecía una margarita y sólo regresé al mundo de los mortales cuando mi nombre lo pronunciaron los labios de mi padre, enfrente mío, regresando del trabajo, preguntándome la hora a la que llegaría a casa, así que le dí una abrazo respondiéndole que lo veía en un rato y mientras se alejaba con el cansancio, Ximena y yo pedimos dos para llevar, sin chile y con mucha servilleta y nos sentamos a las puertas del Peón Contreras, hasta que vino Loren Plácido, un amigo de la Uni y no pidió cuidar su botella de Whisky mientras hacia una diligencia; y así fue y nos despedimos, dimos gracias al Santo viernes por la dicha de no tener que dar explicaciones a nadie. 

La conciencia desgarrada de no poder encontrar algo (Parte 2)


2

  Pasó el dos de mayo entero sin vernos, fue lo mejor, yo respeté su día de gloria y entonces había que respetar mi día después de su día de gloria, la única verdad imparable era que me estaba volviendo paranoica y el regreso era ya algo muy lejano que nunca iba a manifestarse en mi memoria. A lo largo de mi respetable dos de mayo osó escribirme vía interfaz dejando un mensaje muy ligero de que me extrañaba y me olvidaba de él, así que respondí media hora más tarde preguntando acerca de su día y hablando del mucho calor que entonces azotaba la ciudad. Fui muy vacilante y evité el tema de mi “desaparición” a toda costa, finalmente me envió un testamento donde atestiguaba lo mucho que me adoraba y lo seca que me estaba comportando con él, entonces me di cuenta que lo único seco eran mis ojos, no había nada en ellos. La situación autoinfligida me ocasionaba dolor de cabeza, pero tenía las retinas tan ventiladas por el paseo de la luna que mis ojos se habían vuelto mierda reseca, sobre todo después de pensar en todo ese montón de caricias que ellos se habrían proporcionado una noche antes, así que finalmente me encontré acerba y me gusté durante el rato que pasé sentada frente al monitor en modo desconectado. Pero uno sabe, uno siempre sabe el porque de los saberes y de los no saberes, por eso aceptamos muchas veces sin reclamar los azotes del viento.
  Ese dos de mayo fue muy cansado, tenía el cuerpo agotado de un no se qué, que procedía de la cabeza hasta los dedos de mis pies, me zumbaban los oídos y caía desganada cada cinco minutos sobre la cama, con todo ese calor que solo Mérida regala en sus veranos. Llegada la noche me dispuse a “no parar” así que fui a mis clasecillas de danza para ver a mis amigas y entonces ahí estaba Iris, amiga de la infancia dancística con la que afortunadamente hube de reencontrarme en los salones del Centro Municipal de Danza, academia donde bailé durante ocho años de mi breve etapa danzante. Iris era una chica guapa, de muy buen ver, con el cabello largo y negro, ojos de gato comelón y que con sus diecinueve años, había pasado por los brazos más fuertes y más numerosos de la estadística juvenil, pero no había encontrado en ninguno el calor verdadero para arder toda su vida. Esa noche venía triste de casuales problemas escolares y entonces los ojos hinchados lo decían todo: el problema era que se había quedado sin equipo de trabajo porque depositar la confianza en otras personas no es cosa de juego adolescente, hay un punto importante en la línea del casi tiempo en que nada es un juego. Me recordó mis días blancos y me sentí orgullosa de mi adolescencia, cuando andaba en la preparatoria y mi vida social era igual a un infierno. Había pasado por cada mala jugada del destino y entonces podría comprender en cada pestaña de su agotada mirada, la decepción que sólo el hombre puede ocasionar a uno y ese pensamiento de que somos nuestra propia extinción. Pasada media hora llegó Eliza, delgada como la chingada, pero con todo lo necesario para posar en una revista de moda. Chica que al estilo de vato loco, siempre expresaba- chava, chava, chava, a que no sabes chava-  y entonces contaba anécdotas desbordantes de carisma. Eliza tenía la misma edad de Iris, recuerdo bien esa noche no sólo por ser mi día de gloria, sino porque Eliza llegó rodeada de una luz amable a nuestras almas perdidas, nos devolvió la esperanza de que dos personas pueden convivir en la mente monstruosa que habitamos, basando sus diálogos internos en el beso, la risa y la comprensión. Y yo quería creerlo todo. Eliza recién se había hecho novia de Manuelo, un chico bastante alto y noble, con los ojos vueltos Eliza y en la boca Eliza y en sus poros Eliza. Era contagioso verlos y pensar que es posible acurrucarse en alguien que te quiere más allá de toda la belleza humana, que te protege del mundo como proteges un cachorro y para el que significas el entendimiento más hermoso de las mentes. Pero para lo que nos reunimos, era para hablar acerca de una de una amiga  que había quedado embarazada y queríamos visitarle el Domingo en contra de su voluntad, después de todo en los momentos negros en que uno no quiere ver a nadie, no hay nada más refrescante que el yodo de las sanas presencias; por otra parte, una de nuestras colegas había empiernado con el ex novio de Iris y su “profesionalismo” era un tema que nos llevo no más de 15 minutos. Lo demás trató acerca de mi vida hecha un paste y la de Iris atormentada por el no amor. La mejor noticia de la noche fue que al fin nos pagarían la última función de baile presentada hace tres meses, a eso de Enero y de la cual no habíamos visto ni cincuenta pesos. El pago sería entregado el viernes a eso de las nueve de la noche, lo cual quedaba exacto con mis planes de disfrutar los bajos artísticos de los saloons del incomprendido centro histórico.  Tenía pensado iniciar con una visita al teatro Mérida en una exposición de videos elaborados por precoces estudiantes de comunicación; la segunda parada sería una exposición fotográfica en el Museo de Correos con el correspondiente vinito de inauguración; seguidamente correría extasiada a la casa Pompidou por una birra y música hipster y finalizaría en Hennessy’s para escuchar el tributo a la Joplin y The Cranberries entre otros dioses inmortales. Mientras, quedaba terminar el miércoles con las  bailarinas, dando saltos de momentánea y alucinada felicidad, para después llegar a casa, pasear a Romeo y acabar tumbada en cama leyendo todo acerca de Ray Smith y cómo el simple colibrí de su ventana le hacía pensar del mundo un eterno, lánguido y efervescente vacío.

La conciencia desgarrada de no poder encontrar algo


   1

  Empezaba el año y buscaba a dónde dirigir mis acciones, hacia que orillas naufragar y si no encontraba alguna como hacerle para no dejar de moverme y mantenerme a flote. Dos mil doce y quería devolverlo todo, y en eso andaba a lo largo de los dos primeros meses cuando un sentimiento me alcanzó crédula, al menos en ese momento porque los días me convirtieron en idiota y me  acorraló el unísono de los golpeteos ventriculares y  todo ello se debía, en parte,  a Jim, un adulto joven con cara de chaval afrancesado que se presentó una mañana de Febrero en la tienda donde entonces trabajaba de encargada. La verdad es que no lo recuerdo de la misma forma  que él a mí. Según, al cerrar la puerta para irse después de husmear por los pasillos, fue mi sonrisa la que le dio la idea de que podría haber algo entre los dos, algo tan emocionante y excitante como ser sólo amigos. Sí, luego uno se da cuenta que la adrenalina corre también en retroceso. Bueno, me lo tomé enserio, yo no sé si era una broma de muy mal gusto o estaba loco como para pensar involucrarme en tonterías sin sentido, el hecho era que en aquellos días lo único emocionante era seguir  trabajando, ahorrar una lana y largarme lejos a vivir tranquila y la implícita propuesta de aventura y movimiento llegó como agua en el desierto y dije tres veces sí a todo ello.
  Mi versión del suceso es que prácticamente no hubo suceso. Respecto a la sonrisa perdida, se debía a que siempre sonreía a los clientes cuando se marchaban porque la puerta tenía un chirrido del infierno y yo pretendía aminorar la falta de aceite en las briagas. Vaya, para lo que sucedió después, que me envió mensajes al Facebook, mensajes que fueron respondidos dos semanas después al hacer un casual inventario de mensajes no leídos y entonces en un salto absurdo ya nos encontrábamos casi todas las tardes en pláticas de acelerada curiosidad. Todo se resumió a encuentros  que tuvieron lugar en mi morada,  era ese tipo de persona tan franca, que se nota la sinceridad de su mentira, siempre hablándome de la poligamia, sus derivados y la mente tan abierta como un pescado beneficiado; además, omitió decir que tenía la libertad truncada, pero no me puedo mentir ya que siempre lo supe desde la intuición animal que te da el vivir esta vida; así que todo lo manejó como amigos que se quieren y entonces yo, con toda la experiencia de mis allegados, me dispuse a aceptar la condición tan sólo para obtener el discurso de la vida y la mano sagrada de la experiencia frívola, para así, utilitariamente  escribir todo lo que el mundo me presentase hasta que mi alma pronto se hallase estrecha en el antro de los sentimientos.
  Dos meses martirizándome al pensar en lo poco congruente del asunto: la idea de vivir se había convertido en un salto sigiloso a la idea contraria, y en mi cabeza un trailer completo de la película que venía dibujándose en los enroscados cabellos rojizos de la dueña de sus gatos; así que me escabullí entre las páginas de los ángeles del infierno donde encontré la paz inmediata de la celeste divinidad mundana, hasta que llegó el día definitorio de su aniversario. Tres años es mucho y a la vez nada, entonces todo mi rollo del vacío de que estamos unidos por la única razón de que funcionamos, igual que funcionan los no vivos desde su estadía en los extremos dimensionales de la imaginación, así que esa noche de su encuentro infinito, dormí temprano, abrazada por el calor de mayo y la acelerada respiración de mi siempre fiel amigo perro, Romeo. El único entero y radicalmente mío. 

  Esa noche del primero de mayo tuve una iluminación, soñé con mi abuelo muerto, el único que me habría amado hasta más que mi propia madre, el hombre  que en los sobresaltos de su neumonía hablaba con el diablo y le injuriaba y le escupía. Mi bisabuelo convertido en abuelo, más cercano que el tajante viento de la costa de Celestún, el que halló a la muerte en el baño de la cocina aún en construcción  y con la soga del tendedero, vino a verme. Si, ese hombre moreno de piel curtida por el sol y de exquisita vida colonial repleta de mujeres y alcohol, pero que había dado sus billetes y su enfermo corazón a mi bisabuela, vino en sueños a darme amor. Pude acercármele y tocarlo, y  entonces todo estuvo bien y entendí lo que es fácil de hacer, aun muertos y aun vivos estamos en una misma línea y somos parte del mismo vacío, como el mismo  Kerouac habría afirmado en sus tiempos de montañas, “vivimos en una flor etérea”.  Así, el bendito hecho de mi bisabuelo en sueños, fue la gota helada sobre mi incandescente frente, pues si un hombre que se quita la vida viene a sonreírte, es sinónimo de los sinónimos de seguimiento, no salirse, no parar, no dejar de moverse. Y eso hice al abrir los ojos, lloré porque una mujer tiene derecho a llorar después de querer lo inquerible, porque no encuentra el lugar de calma ni en su propia cama, porque el techo estrellado se vuelve tan monótono como el desayuno. Lloré, crispé las entrañas y como un calambre paralizador detuve la mañana por tres segundos y lo vi todo: mi abuelo feliz de lo que hizo en tierra, nunca dejó de moverse hasta que él así lo quiso.  Ahora ardo como una maldita fogata en primavera, porque un día te irás de aquí y no podrás llevarte ni los huesos de tu gato, entonces mi cama es la vida misma y mi libertad se dibuja en el cielo como las gaviotas de la playa. Entendí en la visión exquisita de mi sueño, que dos cuerpos unidos no te lleva al éxtasis infinito, que las palabras amelcochadas no hacen al café imperecederamente dulce y que soy tan eterna como lo quiera y tan imparable como un caballo desbocado. Mejor aún, un león, un zorro, como sea, el animal siempre es más sabio que el hombre porque éste siempre termina atándose a la equívoca significación del universo: los sentimientos no te aprisionan, ni te paralizan; a través de los sentidos nunca dejar de moverte, el que “para” se muere y el que muere habiéndose parado no vive en los sueños, como mi abuelo, siempre inquieto, ocioso e incandescente.