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Me
desperté pobre, ya que la noche anterior me había gastado toda mi plata, así
que amanecí harta, hecha bofia y con el cuerpo adolorido, ya que la lesión de
mi espalda empezaba a manifestarse y además
mis pies los tenía molidos, púes dos días antes había trabajado de edecán
en un supermercado y los zapatos me habían roto hasta la esperanza. La lesión
se debía a que en mis años de preparatoria había logrado entrar a la selección
de gimnasia rítmica y en una de esas contorsiones contorsioné a la misma
contorsión y el tendón derecho cerca de la columna gimió como leona en celo. Y
con los años se manifestaba en hinchazón o molestia, en general todo mi cuerpo
es un peluche parchado. Sentí más la
miseria en la que estaba cuando me percaté de que me había dejado de importar
todo, hasta mi perro, que venía enfermo varios días y sus inyecciones me
andaban dejando en la indigencia; por lo que me di a la tarea de vender la ropa
que ya no usaba y con el desapego que me caracteriza: la que aún usaba, así que
con la ganancia exacta compré unas pantys y pagué a Ragel, un amigo de la vida,
que además era veterinario; pero no le pague con las pantys, aunque pude
hacerlo, pero el no usa pantys. El punto es que me pasé los días haciendo
entregas y eso me bastaba por mientras para alejarme de Jim y de mi familia.
Por momentos sentía unas ganas tremendas de extirparme de mi vida, cerrar la
tienda, tomar los tenis más cómodos, una mochila y lanzarme a la costa a nadar
y comer pescado y beberme unas frías; quedarme ahí mientras buscara alojamiento
en algún pueblo costero y regresar sólo por mi perro para establecernos en una
casa no tan pequeña pero tan poco tan jodida, ya que a fin de cuentas, se vale
vivir sencillamente pero no al extremo de miserable, no hay que ser tan
masoquistas para disfrutar. De esa forma quería deleitarlo todo, de la manera
más sencilla, comiendo el sol y ardiendo siniestramente por todos los caminos y
las carreteras donde pueda iluminar el monte. Pero regresaba mi mente al sonido
del mediodía, en medio de la hora pico meridana y sólo me limitaba a cerrar las páginas que habría
en internet, empezaba a querer buscar una satisfacción más consistente que la
de postear poemas en páginas donde los agregados eran en su mayoría mentes
muertas o demasiado terrenales, merecían mis penas ser exhumadas por el alcohol
y el retiro, si de todas formas el clima era un infierno, entonces buscaría la
manera más real de sentirlo. No sé si se podía algo más real de lo que venía
sucediendo, a veces me parecía que todo era sombras, reflejo de lo que es,
incluyéndome. Quizá en el punto de completo aislamiento y en contacto con lo
más posiblemente real: la naturaleza, podría deliberar sanamente acerca de mis
próximos pasos y hallase como por revelación la senda fácil donde los ángeles
caminan. Pero, siendo franca, todos me parecían demonios sin destino, como yo;
y las sendas fáciles no eran más que leyes y protocolos. Y nada, absolutamente
nada de ello me llenaba. Y pasé la tarde
de esa forma, hasta que por la noche llegó Ragel a inyectar a Romeo, al término
de los coleteos sugerí charlar fuera de la casa porque era una estufa muy
caliente y mi cabeza palpitaba anunciando posible convulsión. Ese día hablamos
de Kerouac y de todos esos bellos sonidos que conforman la vida de Ragel, del
cual me expresaré más adelante.