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Pasó el dos de
mayo entero sin vernos, fue lo mejor, yo respeté su día de gloria y entonces
había que respetar mi día después de su día de gloria, la única verdad
imparable era que me estaba volviendo paranoica y el regreso era ya algo muy
lejano que nunca iba a manifestarse en mi memoria. A lo largo de mi respetable
dos de mayo osó escribirme vía interfaz dejando un mensaje muy ligero de que me
extrañaba y me olvidaba de él, así que respondí media hora más tarde
preguntando acerca de su día y hablando del mucho calor que entonces azotaba la
ciudad. Fui muy vacilante y evité el tema de mi “desaparición” a toda costa,
finalmente me envió un testamento donde atestiguaba lo mucho que me adoraba y
lo seca que me estaba comportando con él, entonces me di cuenta que lo único
seco eran mis ojos, no había nada en ellos. La situación autoinfligida me ocasionaba
dolor de cabeza, pero tenía las retinas tan ventiladas por el paseo de la luna
que mis ojos se habían vuelto mierda reseca, sobre todo después de pensar en
todo ese montón de caricias que ellos se habrían proporcionado una noche antes,
así que finalmente me encontré acerba y me gusté durante el rato que pasé
sentada frente al monitor en modo desconectado. Pero uno sabe, uno siempre sabe
el porque de los saberes y de los no saberes, por eso aceptamos muchas veces
sin reclamar los azotes del viento.
Ese dos de mayo
fue muy cansado, tenía el cuerpo agotado de un no se qué, que procedía de la
cabeza hasta los dedos de mis pies, me zumbaban los oídos y caía desganada cada
cinco minutos sobre la cama, con todo ese calor que solo Mérida regala en sus veranos.
Llegada la noche me dispuse a “no parar” así que fui a mis clasecillas de danza
para ver a mis amigas y entonces ahí estaba Iris, amiga de la infancia
dancística con la que afortunadamente hube de reencontrarme en los salones del
Centro Municipal de Danza, academia donde bailé durante ocho años de mi breve
etapa danzante. Iris era una chica guapa, de muy buen ver, con el cabello largo
y negro, ojos de gato comelón y que con sus diecinueve años, había pasado por
los brazos más fuertes y más numerosos de la estadística juvenil, pero no había
encontrado en ninguno el calor verdadero para arder toda su vida. Esa noche
venía triste de casuales problemas escolares y entonces los ojos hinchados lo
decían todo: el problema era que se había quedado sin equipo de trabajo porque
depositar la confianza en otras personas no es cosa de juego adolescente, hay
un punto importante en la línea del casi tiempo en que nada es un juego. Me
recordó mis días blancos y me sentí orgullosa de mi adolescencia, cuando andaba
en la preparatoria y mi vida social era igual a un infierno. Había pasado por
cada mala jugada del destino y entonces podría comprender en cada pestaña de su
agotada mirada, la decepción que sólo el hombre puede ocasionar a uno y ese
pensamiento de que somos nuestra propia extinción. Pasada media hora llegó
Eliza, delgada como la chingada, pero con todo lo necesario para posar en una
revista de moda. Chica que al estilo de vato loco, siempre expresaba- chava,
chava, chava, a que no sabes chava- y
entonces contaba anécdotas desbordantes de carisma. Eliza tenía la misma edad
de Iris, recuerdo bien esa noche no sólo por ser mi día de gloria, sino porque
Eliza llegó rodeada de una luz amable a nuestras almas perdidas, nos devolvió
la esperanza de que dos personas pueden convivir en la mente monstruosa que
habitamos, basando sus diálogos internos en el beso, la risa y la comprensión.
Y yo quería creerlo todo. Eliza recién se había hecho novia de Manuelo, un
chico bastante alto y noble, con los ojos vueltos Eliza y en la boca Eliza y en
sus poros Eliza. Era contagioso verlos y pensar que es posible acurrucarse en
alguien que te quiere más allá de toda la belleza humana, que te protege del
mundo como proteges un cachorro y para el que significas el entendimiento más hermoso
de las mentes. Pero para lo que nos reunimos, era para hablar acerca de una de
una amiga que había quedado embarazada y
queríamos visitarle el Domingo en contra de su voluntad, después de todo en los
momentos negros en que uno no quiere ver a nadie, no hay nada más refrescante
que el yodo de las sanas presencias; por otra parte, una de nuestras colegas
había empiernado con el ex novio de Iris y su “profesionalismo” era un tema que
nos llevo no más de 15 minutos. Lo demás trató acerca de mi vida hecha un paste
y la de Iris atormentada por el no amor. La mejor noticia de la noche fue que
al fin nos pagarían la última función de baile presentada hace tres meses, a
eso de Enero y de la cual no habíamos visto ni cincuenta pesos. El pago sería
entregado el viernes a eso de las nueve de la noche, lo cual quedaba exacto con
mis planes de disfrutar los bajos artísticos de los saloons del incomprendido
centro histórico. Tenía pensado iniciar
con una visita al teatro Mérida en una exposición de videos elaborados por
precoces estudiantes de comunicación; la segunda parada sería una exposición
fotográfica en el Museo de Correos con el correspondiente vinito de
inauguración; seguidamente correría extasiada a la casa Pompidou por una birra
y música hipster y finalizaría en Hennessy’s para escuchar el tributo a la Joplin y The Cranberries
entre otros dioses inmortales. Mientras, quedaba terminar el miércoles con
las bailarinas, dando saltos de
momentánea y alucinada felicidad, para después llegar a casa, pasear a Romeo y
acabar tumbada en cama leyendo todo acerca de Ray Smith y cómo el simple
colibrí de su ventana le hacía pensar del mundo un eterno, lánguido y
efervescente vacío.
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