Shiraz

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Gemma Love

lunes, 28 de mayo de 2012

La conciencia desgarrada de no poder encontrar algo (Parte 2)


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  Pasó el dos de mayo entero sin vernos, fue lo mejor, yo respeté su día de gloria y entonces había que respetar mi día después de su día de gloria, la única verdad imparable era que me estaba volviendo paranoica y el regreso era ya algo muy lejano que nunca iba a manifestarse en mi memoria. A lo largo de mi respetable dos de mayo osó escribirme vía interfaz dejando un mensaje muy ligero de que me extrañaba y me olvidaba de él, así que respondí media hora más tarde preguntando acerca de su día y hablando del mucho calor que entonces azotaba la ciudad. Fui muy vacilante y evité el tema de mi “desaparición” a toda costa, finalmente me envió un testamento donde atestiguaba lo mucho que me adoraba y lo seca que me estaba comportando con él, entonces me di cuenta que lo único seco eran mis ojos, no había nada en ellos. La situación autoinfligida me ocasionaba dolor de cabeza, pero tenía las retinas tan ventiladas por el paseo de la luna que mis ojos se habían vuelto mierda reseca, sobre todo después de pensar en todo ese montón de caricias que ellos se habrían proporcionado una noche antes, así que finalmente me encontré acerba y me gusté durante el rato que pasé sentada frente al monitor en modo desconectado. Pero uno sabe, uno siempre sabe el porque de los saberes y de los no saberes, por eso aceptamos muchas veces sin reclamar los azotes del viento.
  Ese dos de mayo fue muy cansado, tenía el cuerpo agotado de un no se qué, que procedía de la cabeza hasta los dedos de mis pies, me zumbaban los oídos y caía desganada cada cinco minutos sobre la cama, con todo ese calor que solo Mérida regala en sus veranos. Llegada la noche me dispuse a “no parar” así que fui a mis clasecillas de danza para ver a mis amigas y entonces ahí estaba Iris, amiga de la infancia dancística con la que afortunadamente hube de reencontrarme en los salones del Centro Municipal de Danza, academia donde bailé durante ocho años de mi breve etapa danzante. Iris era una chica guapa, de muy buen ver, con el cabello largo y negro, ojos de gato comelón y que con sus diecinueve años, había pasado por los brazos más fuertes y más numerosos de la estadística juvenil, pero no había encontrado en ninguno el calor verdadero para arder toda su vida. Esa noche venía triste de casuales problemas escolares y entonces los ojos hinchados lo decían todo: el problema era que se había quedado sin equipo de trabajo porque depositar la confianza en otras personas no es cosa de juego adolescente, hay un punto importante en la línea del casi tiempo en que nada es un juego. Me recordó mis días blancos y me sentí orgullosa de mi adolescencia, cuando andaba en la preparatoria y mi vida social era igual a un infierno. Había pasado por cada mala jugada del destino y entonces podría comprender en cada pestaña de su agotada mirada, la decepción que sólo el hombre puede ocasionar a uno y ese pensamiento de que somos nuestra propia extinción. Pasada media hora llegó Eliza, delgada como la chingada, pero con todo lo necesario para posar en una revista de moda. Chica que al estilo de vato loco, siempre expresaba- chava, chava, chava, a que no sabes chava-  y entonces contaba anécdotas desbordantes de carisma. Eliza tenía la misma edad de Iris, recuerdo bien esa noche no sólo por ser mi día de gloria, sino porque Eliza llegó rodeada de una luz amable a nuestras almas perdidas, nos devolvió la esperanza de que dos personas pueden convivir en la mente monstruosa que habitamos, basando sus diálogos internos en el beso, la risa y la comprensión. Y yo quería creerlo todo. Eliza recién se había hecho novia de Manuelo, un chico bastante alto y noble, con los ojos vueltos Eliza y en la boca Eliza y en sus poros Eliza. Era contagioso verlos y pensar que es posible acurrucarse en alguien que te quiere más allá de toda la belleza humana, que te protege del mundo como proteges un cachorro y para el que significas el entendimiento más hermoso de las mentes. Pero para lo que nos reunimos, era para hablar acerca de una de una amiga  que había quedado embarazada y queríamos visitarle el Domingo en contra de su voluntad, después de todo en los momentos negros en que uno no quiere ver a nadie, no hay nada más refrescante que el yodo de las sanas presencias; por otra parte, una de nuestras colegas había empiernado con el ex novio de Iris y su “profesionalismo” era un tema que nos llevo no más de 15 minutos. Lo demás trató acerca de mi vida hecha un paste y la de Iris atormentada por el no amor. La mejor noticia de la noche fue que al fin nos pagarían la última función de baile presentada hace tres meses, a eso de Enero y de la cual no habíamos visto ni cincuenta pesos. El pago sería entregado el viernes a eso de las nueve de la noche, lo cual quedaba exacto con mis planes de disfrutar los bajos artísticos de los saloons del incomprendido centro histórico.  Tenía pensado iniciar con una visita al teatro Mérida en una exposición de videos elaborados por precoces estudiantes de comunicación; la segunda parada sería una exposición fotográfica en el Museo de Correos con el correspondiente vinito de inauguración; seguidamente correría extasiada a la casa Pompidou por una birra y música hipster y finalizaría en Hennessy’s para escuchar el tributo a la Joplin y The Cranberries entre otros dioses inmortales. Mientras, quedaba terminar el miércoles con las  bailarinas, dando saltos de momentánea y alucinada felicidad, para después llegar a casa, pasear a Romeo y acabar tumbada en cama leyendo todo acerca de Ray Smith y cómo el simple colibrí de su ventana le hacía pensar del mundo un eterno, lánguido y efervescente vacío.

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