Shiraz

Shiraz
Gemma Love

lunes, 28 de mayo de 2012

La conciencia desgarrada de no poder encontrar algo


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  Empezaba el año y buscaba a dónde dirigir mis acciones, hacia que orillas naufragar y si no encontraba alguna como hacerle para no dejar de moverme y mantenerme a flote. Dos mil doce y quería devolverlo todo, y en eso andaba a lo largo de los dos primeros meses cuando un sentimiento me alcanzó crédula, al menos en ese momento porque los días me convirtieron en idiota y me  acorraló el unísono de los golpeteos ventriculares y  todo ello se debía, en parte,  a Jim, un adulto joven con cara de chaval afrancesado que se presentó una mañana de Febrero en la tienda donde entonces trabajaba de encargada. La verdad es que no lo recuerdo de la misma forma  que él a mí. Según, al cerrar la puerta para irse después de husmear por los pasillos, fue mi sonrisa la que le dio la idea de que podría haber algo entre los dos, algo tan emocionante y excitante como ser sólo amigos. Sí, luego uno se da cuenta que la adrenalina corre también en retroceso. Bueno, me lo tomé enserio, yo no sé si era una broma de muy mal gusto o estaba loco como para pensar involucrarme en tonterías sin sentido, el hecho era que en aquellos días lo único emocionante era seguir  trabajando, ahorrar una lana y largarme lejos a vivir tranquila y la implícita propuesta de aventura y movimiento llegó como agua en el desierto y dije tres veces sí a todo ello.
  Mi versión del suceso es que prácticamente no hubo suceso. Respecto a la sonrisa perdida, se debía a que siempre sonreía a los clientes cuando se marchaban porque la puerta tenía un chirrido del infierno y yo pretendía aminorar la falta de aceite en las briagas. Vaya, para lo que sucedió después, que me envió mensajes al Facebook, mensajes que fueron respondidos dos semanas después al hacer un casual inventario de mensajes no leídos y entonces en un salto absurdo ya nos encontrábamos casi todas las tardes en pláticas de acelerada curiosidad. Todo se resumió a encuentros  que tuvieron lugar en mi morada,  era ese tipo de persona tan franca, que se nota la sinceridad de su mentira, siempre hablándome de la poligamia, sus derivados y la mente tan abierta como un pescado beneficiado; además, omitió decir que tenía la libertad truncada, pero no me puedo mentir ya que siempre lo supe desde la intuición animal que te da el vivir esta vida; así que todo lo manejó como amigos que se quieren y entonces yo, con toda la experiencia de mis allegados, me dispuse a aceptar la condición tan sólo para obtener el discurso de la vida y la mano sagrada de la experiencia frívola, para así, utilitariamente  escribir todo lo que el mundo me presentase hasta que mi alma pronto se hallase estrecha en el antro de los sentimientos.
  Dos meses martirizándome al pensar en lo poco congruente del asunto: la idea de vivir se había convertido en un salto sigiloso a la idea contraria, y en mi cabeza un trailer completo de la película que venía dibujándose en los enroscados cabellos rojizos de la dueña de sus gatos; así que me escabullí entre las páginas de los ángeles del infierno donde encontré la paz inmediata de la celeste divinidad mundana, hasta que llegó el día definitorio de su aniversario. Tres años es mucho y a la vez nada, entonces todo mi rollo del vacío de que estamos unidos por la única razón de que funcionamos, igual que funcionan los no vivos desde su estadía en los extremos dimensionales de la imaginación, así que esa noche de su encuentro infinito, dormí temprano, abrazada por el calor de mayo y la acelerada respiración de mi siempre fiel amigo perro, Romeo. El único entero y radicalmente mío. 

  Esa noche del primero de mayo tuve una iluminación, soñé con mi abuelo muerto, el único que me habría amado hasta más que mi propia madre, el hombre  que en los sobresaltos de su neumonía hablaba con el diablo y le injuriaba y le escupía. Mi bisabuelo convertido en abuelo, más cercano que el tajante viento de la costa de Celestún, el que halló a la muerte en el baño de la cocina aún en construcción  y con la soga del tendedero, vino a verme. Si, ese hombre moreno de piel curtida por el sol y de exquisita vida colonial repleta de mujeres y alcohol, pero que había dado sus billetes y su enfermo corazón a mi bisabuela, vino en sueños a darme amor. Pude acercármele y tocarlo, y  entonces todo estuvo bien y entendí lo que es fácil de hacer, aun muertos y aun vivos estamos en una misma línea y somos parte del mismo vacío, como el mismo  Kerouac habría afirmado en sus tiempos de montañas, “vivimos en una flor etérea”.  Así, el bendito hecho de mi bisabuelo en sueños, fue la gota helada sobre mi incandescente frente, pues si un hombre que se quita la vida viene a sonreírte, es sinónimo de los sinónimos de seguimiento, no salirse, no parar, no dejar de moverse. Y eso hice al abrir los ojos, lloré porque una mujer tiene derecho a llorar después de querer lo inquerible, porque no encuentra el lugar de calma ni en su propia cama, porque el techo estrellado se vuelve tan monótono como el desayuno. Lloré, crispé las entrañas y como un calambre paralizador detuve la mañana por tres segundos y lo vi todo: mi abuelo feliz de lo que hizo en tierra, nunca dejó de moverse hasta que él así lo quiso.  Ahora ardo como una maldita fogata en primavera, porque un día te irás de aquí y no podrás llevarte ni los huesos de tu gato, entonces mi cama es la vida misma y mi libertad se dibuja en el cielo como las gaviotas de la playa. Entendí en la visión exquisita de mi sueño, que dos cuerpos unidos no te lleva al éxtasis infinito, que las palabras amelcochadas no hacen al café imperecederamente dulce y que soy tan eterna como lo quiera y tan imparable como un caballo desbocado. Mejor aún, un león, un zorro, como sea, el animal siempre es más sabio que el hombre porque éste siempre termina atándose a la equívoca significación del universo: los sentimientos no te aprisionan, ni te paralizan; a través de los sentidos nunca dejar de moverte, el que “para” se muere y el que muere habiéndose parado no vive en los sueños, como mi abuelo, siempre inquieto, ocioso e incandescente. 

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