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Empezaba
el año y buscaba a dónde dirigir mis acciones, hacia que orillas naufragar y si
no encontraba alguna como hacerle para no dejar de moverme y mantenerme a
flote. Dos mil doce y quería devolverlo todo, y en eso andaba a lo largo de los
dos primeros meses cuando un sentimiento me alcanzó crédula, al menos en ese
momento porque los días me convirtieron en idiota y me acorraló el unísono de los golpeteos
ventriculares y todo ello se debía, en parte, a Jim, un adulto joven con cara de chaval
afrancesado que se presentó una mañana de Febrero en la tienda donde entonces
trabajaba de encargada. La verdad es que no lo recuerdo de la misma forma que él a mí. Según, al cerrar la puerta para
irse después de husmear por los pasillos, fue mi sonrisa la que le dio la idea
de que podría haber algo entre los dos, algo tan emocionante y excitante como ser
sólo amigos. Sí, luego uno se da cuenta que la adrenalina corre también en
retroceso. Bueno, me lo tomé enserio, yo no sé si era una broma de muy mal gusto
o estaba loco como para pensar involucrarme en tonterías sin sentido, el hecho
era que en aquellos días lo único emocionante era seguir trabajando, ahorrar una lana y largarme lejos
a vivir tranquila y la implícita propuesta de aventura y movimiento llegó como
agua en el desierto y dije tres veces sí a todo ello.
Mi versión del suceso es que prácticamente no hubo
suceso. Respecto a la sonrisa perdida, se debía a que siempre sonreía a los
clientes cuando se marchaban porque la puerta tenía un chirrido del infierno y
yo pretendía aminorar la falta de aceite en las briagas. Vaya, para lo que
sucedió después, que me envió mensajes al Facebook, mensajes que fueron
respondidos dos semanas después al hacer un casual inventario de mensajes no
leídos y entonces en un salto absurdo ya nos encontrábamos casi todas las
tardes en pláticas de acelerada curiosidad. Todo se resumió a encuentros que tuvieron lugar en mi morada, era ese tipo de persona tan franca, que se
nota la sinceridad de su mentira, siempre hablándome de la poligamia, sus
derivados y la mente tan abierta como un pescado beneficiado; además, omitió
decir que tenía la libertad truncada, pero no me puedo mentir ya que siempre lo
supe desde la intuición animal que te da el vivir esta vida; así que todo lo
manejó como amigos que se quieren y entonces yo, con toda la experiencia de mis
allegados, me dispuse a aceptar la condición tan sólo para obtener el discurso
de la vida y la mano sagrada de la experiencia frívola, para así,
utilitariamente escribir todo lo que el
mundo me presentase hasta que mi alma pronto se hallase estrecha en el antro de
los sentimientos.
Dos
meses martirizándome al pensar en lo poco congruente del asunto: la idea de
vivir se había convertido en un salto sigiloso a la idea contraria, y en mi
cabeza un trailer completo de la película que venía dibujándose en los enroscados
cabellos rojizos de la dueña de sus gatos; así que me escabullí entre las
páginas de los ángeles del infierno donde encontré la paz inmediata de la celeste
divinidad mundana, hasta que llegó el día definitorio de su aniversario. Tres
años es mucho y a la vez nada, entonces todo mi rollo del vacío de que estamos
unidos por la única razón de que funcionamos, igual que funcionan los no vivos
desde su estadía en los extremos dimensionales de la imaginación, así que esa
noche de su encuentro infinito, dormí temprano, abrazada por el calor de mayo y
la acelerada respiración de mi siempre fiel amigo perro, Romeo. El único entero y radicalmente mío.
Esa noche del primero de mayo tuve una
iluminación, soñé con mi abuelo muerto, el único que me habría amado hasta más
que mi propia madre, el hombre que en
los sobresaltos de su neumonía hablaba con el diablo y le injuriaba y le
escupía. Mi bisabuelo convertido en abuelo, más cercano que el tajante viento
de la costa de Celestún, el que halló a la muerte en el baño de la cocina aún
en construcción y con la soga del
tendedero, vino a verme. Si, ese hombre moreno de piel curtida por el sol y de
exquisita vida colonial repleta de mujeres y alcohol, pero que había dado sus
billetes y su enfermo corazón a mi bisabuela, vino en sueños a darme amor. Pude
acercármele y tocarlo, y entonces todo estuvo bien y
entendí lo que es fácil de hacer, aun muertos y aun vivos estamos en una misma
línea y somos parte del mismo vacío, como el mismo Kerouac habría afirmado en sus tiempos de
montañas, “vivimos en una flor etérea”.
Así, el bendito hecho de mi bisabuelo en sueños, fue la gota helada
sobre mi incandescente frente, pues si un hombre que se quita la vida viene a
sonreírte, es sinónimo de los sinónimos de seguimiento, no salirse, no parar,
no dejar de moverse. Y eso hice al abrir los ojos, lloré porque una mujer tiene
derecho a llorar después de querer lo inquerible, porque no encuentra el lugar
de calma ni en su propia cama, porque el techo estrellado se vuelve tan monótono
como el desayuno. Lloré, crispé las entrañas y como un calambre paralizador
detuve la mañana por tres segundos y lo vi todo: mi abuelo feliz de lo que hizo
en tierra, nunca dejó de moverse hasta que él así lo quiso. Ahora ardo
como una maldita fogata en primavera, porque un día te irás de aquí y no podrás
llevarte ni los huesos de tu gato, entonces mi cama es la vida misma y mi
libertad se dibuja en el cielo como las gaviotas de la playa. Entendí en la
visión exquisita de mi sueño, que dos cuerpos unidos no te lleva al éxtasis
infinito, que las palabras amelcochadas no hacen al café imperecederamente dulce
y que soy tan eterna como lo quiera y tan imparable como un caballo desbocado.
Mejor aún, un león, un zorro, como sea, el animal siempre es más sabio que el
hombre porque éste siempre termina atándose a la equívoca significación del
universo: los sentimientos no te aprisionan, ni te paralizan; a través de los
sentidos nunca dejar de moverte, el que “para” se muere y el que muere
habiéndose parado no vive en los sueños, como mi abuelo, siempre inquieto,
ocioso e incandescente.
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