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Para
lo que hice el viernes, nada de lo planeado: salí del servicio social donde
trabajo con niños desde hace ya nueve meses y bajé hasta la oficina de Jim,
cerca del centro donde trabaja en un departamento para el gobierno. Lo absurdo
de la situación es que Jim me prestaba todo su tiempo, estábamos en contacto
casi todas las horas y no porque yo así lo quisiera, siempre estaba al tanto
mío cual exagerado protector; eso me era extraño porque soy una persona sola y
es en la soledad donde siempre he encontrado el bienestar. Todo eso me hacía
pensar que nada tenía que ver con alguien más y que era mi cabeza paranoica la
que creaba historias, así que empezaba a dudar de mi intuición, desequilibrando todo mi ser; entonces, mantuve firme la idea de que es necesario un poco de desequilibrio para mantener el equilibrio. Esa tarde que
lo visité llevé a Ximena conmigo, una amiga de la Universidad , los
presenté y estuvimos parloteando una hora hasta que nos hizo el paro de llevarnos
al teatro donde se presentarían aquellos videos de comunicación, nos bajamos
del auto y yo le despedí con un beso de esos que no entiendo y él se fue. Ya en
la puerta del teatro nos fijamos en lo mucho que faltaba y para colmo Ximena
había visto a su ex novio, Porfirio, que vacilaba como siempre al aire sin
percatarse de lo que sucedía a su
alrededor, así que fuimos al Mayan Pub, un bar céntrico y pedimos un cubetazo
de pacífico, yo quería la
Guinnes pero estaba a noventa cada una, lo mismo que un cubetazo
con cinco pacíficos, así que nos fuimos por lo bara y parlamos de hombres. Ya
risueña, confesé a Ximena esas cosas que se confiesan entradas en tono, así que
hablé de León, un colega de la universidad que había soltado una sopa extraña
acerca de nosotras, se supone fue hace medio año, el andaba en una fiesta en casa
del Vega, otro colega de la Uni ,
y habló de ella como hablan esos que no son caballeros y si tienen memoria. Y
pensar que León y yo tuvimos hace cierto tiempo una historia bastante curiosa y
después de eso le echara los dogos a mi amiga, pero está bien, yo siempre quise
que el se fijara en otra persona y que mejor que Ximena. Pero esa noche, entre
los retumbos del Jazz que sonaba en el sitio, ella me aclaró que no hubo más
entre ellos, fue sólo un plan maldito y divertido para que Anaís, una chica un
tanto gorda que le tiraba la tanga a León, dejara de perseguirlo y entonces él
se encontrase lejos de la tentación de utilizarla para meros fines placenteros.
Pasaban de las nueve, apenas llevábamos tres
cervezas y Ximena me alcanzó en felicidad, con los ojos a todas partes menos a
ella, le confesé el gusto que me daba verla en pie después de su tórrido
romance con Porfirio del que había salido tan herida como foca bebé. El asunto
fue así: el chico la había dejado de repente y ni ella se explicaba porqué, lo
cierto es que todos sabíamos que Porfirio era lo bastante desmesurado para
vivir esta vida, se la pasaba echando desmadre en donde se le permitiera
hacerlo, bebiéndose y enfiestándose como cualquier chaval de dieciocho años que
tomaba enserio sólo el hecho de que en algún momento algo habría de tomar
enserio, por lo demás era bastante social y buen amigo, siempre andaba con un
grupillo que denominaban “hermanos” quienes en la menor peda le dejaban tirado
haciendo el ridículo. Y digo ridículo porque eso decían, andaba de boca en boca
y para rematar pensaban que era homosexual, porque además, sus movimientos eran
desprovistos de masculinidad. Vaya que el Porfirio me caía bien, era de esas
personas a las que les puedes rezar un rosario y te escuchan entero no por que
sea religioso, porque no lo era, sino porque nació siendo una oreja muy grande,
dispuesto a todo por quienes ama. Supongo que de ahí el interés de Ximena en
él, aparte el la había conocido un año antes de que entrase a la Universidad , la vió en
un stan de la
Licenciatura y se acercó a pedir informes, entonces decidió
que quería estudiar Comunicación solo para verla; y así fue. El con dieciocho
años y ella con veintiuno, él de nuevo ingreso y ella de salida al mundo. Y
esas diferencias se fusionaron en Chicxulub puerto, en la casa de Porfirio, quién
me confesó que le gustaba Ximena. Recuerdo muy bien esa noche porque Isaías, el dude con el
que yo asistí se encontró con Perline, su ex vieja con la que se enfundó tanto
que me la recordaba cada que nos veíamos, hasta la fecha no sé como pude
tolerarlo, o era demasiado paciente o en definitiva estaba pendejasa; vaya, el
punto es que los noté tan cercanos, a Perline e Isaías, chupando del mismo
limón donde bebían su tequila, que me tomé el caballito que me faltaba y me
lancé arena abajo, salí de la casa y me escabullí entre la oscuridad de los
matorrales donde encontré a Porfirio en medio de la nada, quizá un poco perdido
por el vodka después de jugar fondo, me acerqué y le dije –tengo que confesarte
algo ¿hay alguien que te guste de aquí?- Todo indicó que la interesada en él
era yo y eso era falso, así que actué rápido y seguí hablando – porque le
gustas a Ximena- y entonces su rostro se iluminó divino, y con la impertinencia
que el alcohol hereda en la sangre, fue a buscarla y se besaron sobre las aguas
que reflejaba la Luna. Esa
noche dejé a Isaías con su Perline, me fui con Caballero, un amigo en común de
los dos que me llevó a casa y durante todo el viaje permanecí en el silencio más
húmedo de toda mi vida. Después de eso Ximena y Porfirio dieron rienda suelta a
su amorío, formalizaron y un día, no más se dejaron, Porfirio pidió espacio y
Ximena le dio la eternidad.
Seguíamos las dos en la mesa compartiendo la
última fría y decidimos ponernos en marcha a la siguiente parada: un puesto de
dogos. De camino yo estaba extasiada de que nos hallásemos jóvenes y vivas, y
gritaba enjundiosa y con los brazos abiertos lo mucho que se me apetecía una
margarita y sólo regresé al mundo de los mortales cuando mi nombre lo
pronunciaron los labios de mi padre, enfrente mío, regresando del trabajo,
preguntándome la hora a la que llegaría a casa, así que le dí una abrazo
respondiéndole que lo veía en un rato y mientras se alejaba con el cansancio,
Ximena y yo pedimos dos para llevar, sin chile y con mucha servilleta y nos
sentamos a las puertas del Peón Contreras, hasta que vino Loren Plácido, un
amigo de la Uni y
no pidió cuidar su botella de Whisky mientras hacia una diligencia; y así fue y
nos despedimos, dimos gracias al Santo viernes por la dicha de no tener que dar
explicaciones a nadie.
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