Shiraz

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Gemma Love

lunes, 28 de mayo de 2012

La conciencia desgarrada de no poder encontrar algo (Parte 3)


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   Para lo que hice el viernes, nada de lo planeado: salí del servicio social donde trabajo con niños desde hace ya nueve meses y bajé hasta la oficina de Jim, cerca del centro donde trabaja en un departamento para el gobierno. Lo absurdo de la situación es que Jim me prestaba todo su tiempo, estábamos en contacto casi todas las horas y no porque yo así lo quisiera, siempre estaba al tanto mío cual exagerado protector; eso me era extraño porque soy una persona sola y es en la soledad donde siempre he encontrado el bienestar. Todo eso me hacía pensar que nada tenía que ver con alguien más y que era mi cabeza paranoica la que creaba historias, así que empezaba a dudar de mi intuición, desequilibrando todo mi ser; entonces, mantuve firme la idea de que es necesario un poco de desequilibrio para mantener el equilibrio. Esa tarde que lo visité llevé a Ximena conmigo, una amiga de la Universidad, los presenté y estuvimos parloteando una hora hasta que nos hizo el paro de llevarnos al teatro donde se presentarían aquellos videos de comunicación, nos bajamos del auto y yo le despedí con un beso de esos que no entiendo y él se fue. Ya en la puerta del teatro nos fijamos en lo mucho que faltaba y para colmo Ximena había visto a su ex novio, Porfirio, que vacilaba como siempre al aire sin percatarse de lo  que sucedía a su alrededor, así que fuimos al Mayan Pub, un bar céntrico y pedimos un cubetazo de pacífico, yo quería la Guinnes pero estaba a noventa cada una, lo mismo que un cubetazo con cinco pacíficos, así que nos fuimos por lo bara y parlamos de hombres. Ya risueña, confesé a Ximena esas cosas que se confiesan entradas en tono, así que hablé de León, un colega de la universidad que había soltado una sopa extraña acerca de nosotras, se supone fue hace medio año, el andaba en una fiesta en casa del Vega, otro colega de la Uni, y habló de ella como hablan esos que no son caballeros y si tienen memoria. Y pensar que León y yo tuvimos hace cierto tiempo una historia bastante curiosa y después de eso le echara los dogos a mi amiga, pero está bien, yo siempre quise que el se fijara en otra persona y que mejor que Ximena. Pero esa noche, entre los retumbos del Jazz que sonaba en el sitio, ella me aclaró que no hubo más entre ellos, fue sólo un plan maldito y divertido para que Anaís, una chica un tanto gorda que le tiraba la tanga a León, dejara de perseguirlo y entonces él se encontrase lejos de la tentación de utilizarla para meros fines placenteros.
  Pasaban de las nueve, apenas llevábamos tres cervezas y Ximena me alcanzó en felicidad, con los ojos a todas partes menos a ella, le confesé el gusto que me daba verla en pie después de su tórrido romance con Porfirio del que había salido tan herida como foca bebé. El asunto fue así: el chico la había dejado de repente y ni ella se explicaba porqué, lo cierto es que todos sabíamos que Porfirio era lo bastante desmesurado para vivir esta vida, se la pasaba echando desmadre en donde se le permitiera hacerlo, bebiéndose y enfiestándose como cualquier chaval de dieciocho años que tomaba enserio sólo el hecho de que en algún momento algo habría de tomar enserio, por lo demás era bastante social y buen amigo, siempre andaba con un grupillo que denominaban “hermanos” quienes en la menor peda le dejaban tirado haciendo el ridículo. Y digo ridículo porque eso decían, andaba de boca en boca y para rematar pensaban que era homosexual, porque además, sus movimientos eran desprovistos de masculinidad. Vaya que el Porfirio me caía bien, era de esas personas a las que les puedes rezar un rosario y te escuchan entero no por que sea religioso, porque no lo era, sino porque nació siendo una oreja muy grande, dispuesto a todo por quienes ama. Supongo que de ahí el interés de Ximena en él, aparte el la había conocido un año antes de que entrase a la Universidad, la vió en un stan de la Licenciatura y se acercó a pedir informes, entonces decidió que quería estudiar Comunicación solo para verla; y así fue. El con dieciocho años y ella con veintiuno, él de nuevo ingreso y ella de salida al mundo. Y esas diferencias se fusionaron en Chicxulub puerto, en la casa de Porfirio, quién me confesó que le gustaba Ximena. Recuerdo muy bien esa noche porque Isaías, el dude con el que yo asistí se encontró con Perline, su ex vieja con la que se enfundó tanto que me la recordaba cada que nos veíamos, hasta la fecha no sé como pude tolerarlo, o era demasiado paciente o en definitiva estaba pendejasa; vaya, el punto es que los noté tan cercanos, a Perline e Isaías, chupando del mismo limón donde bebían su tequila, que me tomé el caballito que me faltaba y me lancé arena abajo, salí de la casa y me escabullí entre la oscuridad de los matorrales donde encontré a Porfirio en medio de la nada, quizá un poco perdido por el vodka después de jugar fondo, me acerqué y le dije –tengo que confesarte algo ¿hay alguien que te guste de aquí?- Todo indicó que la interesada en él era yo y eso era falso, así que actué rápido y seguí hablando – porque le gustas a Ximena- y entonces su rostro se iluminó divino, y con la impertinencia que el alcohol hereda en la sangre, fue a buscarla y se besaron sobre las aguas que reflejaba la Luna. Esa noche dejé a Isaías con su Perline, me fui con Caballero, un amigo en común de los dos que me llevó a casa y durante todo el viaje permanecí en el silencio más húmedo de toda mi vida. Después de eso Ximena y Porfirio dieron rienda suelta a su amorío, formalizaron y un día, no más se dejaron, Porfirio pidió espacio y Ximena le dio la eternidad.

  Seguíamos las dos en la mesa compartiendo la última fría y decidimos ponernos en marcha a la siguiente parada: un puesto de dogos. De camino yo estaba extasiada de que nos hallásemos jóvenes y vivas, y gritaba enjundiosa y con los brazos abiertos lo mucho que se me apetecía una margarita y sólo regresé al mundo de los mortales cuando mi nombre lo pronunciaron los labios de mi padre, enfrente mío, regresando del trabajo, preguntándome la hora a la que llegaría a casa, así que le dí una abrazo respondiéndole que lo veía en un rato y mientras se alejaba con el cansancio, Ximena y yo pedimos dos para llevar, sin chile y con mucha servilleta y nos sentamos a las puertas del Peón Contreras, hasta que vino Loren Plácido, un amigo de la Uni y no pidió cuidar su botella de Whisky mientras hacia una diligencia; y así fue y nos despedimos, dimos gracias al Santo viernes por la dicha de no tener que dar explicaciones a nadie. 

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