Ese Lunes nueve de julio empecé a
trabajar doble turno, la situación del
despido de mi compañera de trabajo había sido incómoda, sobre todo porque esa
mañana se retiró casi corriendo y supuse que estaba llorando; me sentía mal por
ella, ya que el trabajo lo conseguí a calor suyo; pero las circunstancias las
había propiciado ella sola y una solo podía mirar cómo algunos finales se
presentan por las acciones mal encaminadas de uno mismo. Entonces pedí al cielo
que todo mejorara en la tienda, que el embarazo de mi jefa sea dichoso, que
todo esté en orden siempre, ya que era mi turno hacerme responsable de todo lo
que viniera, todo. Por otra parte, había
tenido una conversación con mamá durante el desayuno, confesé lo perdida que me sentía al terminar
mis estudios y no saber a dónde dirigirme; así que me dijo las mejores palabras
que una madre puede decir a su hija: “acabas de bajar de un tren cuyo objetivo
era llegar a la estación, tomarás el siguiente tren que durará seis meses
mientras finalizas todo y entonces cuando te bajes sabrás hacia dónde ir
nuevamente”, era una analogía bastante clara, el viaje en tren significa el
proceso mientras alcanzo metas, pero ¿cuánto más habría de viajar? No tenía esa
respuesta porque no sabía lo que quería, tantos caminos, rutas, destinos y
ninguno me erizaba la piel como al inicio de mi vida en las rieles. Además mi
constante vicio de querer estar sola todo el tiempo, no estaba segura de lo que
había con Brian, en verdad lo considero la primera persona que he tratado con
seriedad; sin embargo, no sé hacia donde iríamos ni con que propósitos, el
próximo once cumpliríamos dos meses de conocernos: no es mucho, pero es mucho.
¿Hay algo que deba seguir después de ese tiempo besándonos?
Era un hecho: todo este tiempo trataría de
visitar aquellos lugares que tanto se me antojan: Laguna de Bacalar, San
Crisanto, Telchac Puerto, Celestún, y las playas que mi cuerpo pueda soportar.
LO había pensado bien: tendría que ser un sábado después del trabajo, me
quedaría para amanecer domingo y regresaría por la noche, para al día siguiente
llegar a tiempo a la tienda. No me importaría si nadie pudiese acompañarme,
había pasado las primeras semanas de mi vida en libertad: enferma, y cuando
tuve la disposición económica para pasear y comer y beber, nadie estaba
disponible. Parecía una broma muy mala, y pensar que Brian me acompañaría en
esta nueva etapa de morder el mundo, pero no, él se encontraba en una etapa
extraña de aislamiento y hasta quizá evasión de mi persona, teniendo tantas
noches para disfrutar y tanto tiempo… empezaba a cansarme y sólo llevábamos
casi nada juntos, sin un nombre, sin una exclusividad asegurada. Después de
tantos chicos y tantas estupideces mías,
una parte de mi quería salir corriendo y aislarse en alguna cabaña
barata y húmeda y leer y beber vino tinto. Pero ahí estaba yo, esperando que se
comunicara conmigo, que me llamara, que me oyera, cuando siempre toda mi vida
había prometido jamás quedar loca por alguien, nada de esperanzas, nada de
miradas perdidas, nada de escuchar latidos de corazón del pecho enfrente, nada
de esas cosas maravillosas que te elevan y de un soplo hacen caerte al abismo
más exquisito de todos. Y ahí estaba, enamorándome y esta vez, estaba segura
que era un hecho, después de Jim, supe distinguir entre capricho, gusto y
cariño. ¿Qué más puede hacer una chica como yo que no ha amado? ¿Entregarse en
carne viva a lo que venga? ¿Dejarse acompasar por el sentimiento que me
abarcaba en su presencia? Tenía tantas ganas de llorar, por vez primera me
sentía atrapada en un alguien, depositada en un alguien, sin que ese alguien lo
sepa y sin que yo quisiera demostrarlo abiertamente… ¿qué estaba haciendo?
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