Shiraz

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Gemma Love

miércoles, 18 de julio de 2012

La conciencia desgarrada de no poder encontrar algo (Parte 16)


  Esa mañana mamá pidió hablar conmigo, era miércoles y no fui al médico como lo habíamos planeado. Mamá tenía miedo de que yo tuviera cáncer, y yo tenía tan sólo la curiosidad, siempre mi dejo de morir joven y tristemente feliz. Pidió hablar conmigo en cuanto terminé de  cepillarme los dientes, y cuando empezó, mi cuerpo hirvió en llamas del infierno deprimente, me vi entre rocas ardientes de un volcán muerto: mamá juzgó mi proceder con Brian, criticó la carta, el que lo haya besado antes de que seamos algo formal, me llamó vulgar y lloró a Dios por mi alma, para que en algún momento halle el camino de vuelta a la cordura. Preguntó si Brian  había insinuado algo de tener relaciones o si yo quería hacerlo con él o si ya lo había hecho o si por mi cabeza pasaba hacerlo próximamente y todo ello me dio vueltas y me eché a morder con palabras las palabras de mi madre. Lo cierto, era que en definitiva andábamos coqueteando con la idea de ello y quizá ocurriese pronto y además, lo habíamos comentado por teléfono, durante aquellas noches en las que hablábamos hasta la madrugada. Quiero pensar que mi madre nunca escuchó las pláticas, pero todo me indica que sí. Mis ojos le dicen a gritos cuando miento, ella lo sabe todo sin siquiera preguntarme.
  Peleamos en la cocina, en mi cuarto, en las escaleras, en su cuarto, en la sala, en la puerta. Me creía la peor mujer del mundo, la más vulgar, la más fácil y eso entristecía mi alma triste, no porque me pensara tan horrenda y poco decente; sino porque, después de tantas situaciones, pleitos y llantos… nada había cambiado, quizá, en ninguna. 

  A veces pienso que nunca llegaré a ser en verdad feliz, todo su sermón me llevó a pensar las cosas no tan detenidamente, pero a pensarlas. Me encontraba realmente confundida, además, le había comentado sobre unos días en Bacalar con mi Romeo, y al decirme que seguro quiero hacer sexo con Brian, sentí que me morí. La única verdad, era que quería estar sola, pasear, nadar, pensar, no pensar, sentir, comer, reír, fotografiarme junto a mi perro, dormir bajo el cielo estrellado, cantar mientras me baño, irme, diluirme junto al cálido cuerpo de mi amigo fiel y simplemente, todo lo que ella albureaba, era acerca de la bajeza de mi persona, la pobre, tonta, fácil y puta hija suya.
¿Cómo no morirme? ¿Cómo no dolerme? Quería que el cúmulo en la ingle, explotara, me llevará no importa si al infierno, o al paraíso, o a ninguna parte, todo menos aquí, escuchándola y sintiéndome. Mamá, ¿recuerdas que pasó con el abuelo? Claro que lo recordaba, una presión más y acabaría por seguir sus pasos, directo a la morgue. No era una chica estable. Si ella supiera que perdí mi virginidad con ese chico que ella consideró inofensivo, si supiera que siempre he sido yo la causante y única autora de mis desgracias experimentales. Si supiera que me ahogo en mí actuar, que mis pensamientos me encarcelan en una magnífica fortaleza de ignorar el tiempo. ¿Cómo le explicas al mundo que no te sientes parte de él? ¿Cómo le explicas a la señora que te dio la vida, que estás a punto de colgarte porque todo es una maldita estupidez? ¿Cómo le haces entender, que sus críticas no ayudan en devolverte a la tierra; sino que al contrario, te extirpan de un bofetón?

  La persona que más te ama, es la que más se inmiscuye en tu vida y es la que odias al final del día. Me pegunté cuánto amaba a mi madre como para perdonar el daño que me causaba y aceptar su amor, de la forma en que venga empaquetado. No quería parecer más mal agradecida de lo que ya era; pero antes de salir de casa esa mañana, le pregunté cuánto más me haría esto, estas escenas y esos reclamos de mi vida privada, me respondió que siempre que viva bajo el techo de su casa tendría que respetarla, aunque eso signifique dejar a un lado ciertos deseos personales. Nunca había luchado por alguien, esta vez, era turno, de verdad, enserio, de luchar por mi y mi vida. Le dije que buscaría casa para rentar, me dijo que le parecía perfecto, salí, lloré, caminé lo más etérea y digna que pude, recogí mis alas rotas y abrí la tienda, puse música y lo que más amo fluyó como trompo sin detenerse: el malestar de sentirse basura humana.

  Recordando cuantas veces había pasado por ello, me di una última oportunidad para hacer lo que siempre he querido: vivirme plenamente, sin reparos, sin críticas y sin imposiciones. Agradecí al cielo el amor de la familia y su educación, su apoyo, sus palmadas y sus preocupaciones; así como sus regaños y sobreprotección. Pero este mundo, así de salvaje, así de monstruoso y destructor de identidades, debía enfrentarlo sola y a esta edad, era necesario porque mi sangre hervía y no podía esperar segundos más para hallarme desgarrada. El paso a seguir era ahorrar, buscar casas en renta, terminar deudas y cobijarme con el aire caluroso de Julio. El paso era sólo ser fuerte, sin lugar para los derrames emocionales. El problema de todo ello, el punto máximo que me orillaba a semejantes decisiones, la esencia de tanto rollo, era que necesitaba planificar el tipo de vida que deseaba y el inicio era nada más que esto

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