Esa mañana mamá pidió hablar conmigo, era
miércoles y no fui al médico como lo habíamos planeado. Mamá tenía miedo de que
yo tuviera cáncer, y yo tenía tan sólo la curiosidad, siempre mi dejo de morir
joven y tristemente feliz. Pidió hablar conmigo en cuanto terminé de cepillarme los dientes, y cuando empezó, mi
cuerpo hirvió en llamas del infierno deprimente, me vi entre rocas ardientes de
un volcán muerto: mamá juzgó mi proceder con Brian, criticó la carta, el que lo
haya besado antes de que seamos algo formal, me llamó vulgar y lloró a Dios por
mi alma, para que en algún momento halle el camino de vuelta a la cordura.
Preguntó si Brian había insinuado algo
de tener relaciones o si yo quería hacerlo con él o si ya lo había hecho o si
por mi cabeza pasaba hacerlo próximamente y todo ello me dio vueltas y me eché
a morder con palabras las palabras de mi madre. Lo cierto, era que en
definitiva andábamos coqueteando con la idea de ello y quizá ocurriese pronto y
además, lo habíamos comentado por teléfono, durante aquellas noches en las que
hablábamos hasta la madrugada. Quiero pensar que mi madre nunca escuchó las
pláticas, pero todo me indica que sí. Mis ojos le dicen a gritos cuando miento,
ella lo sabe todo sin siquiera preguntarme.
Peleamos en la cocina, en mi cuarto, en las
escaleras, en su cuarto, en la sala, en la puerta. Me creía la peor mujer del
mundo, la más vulgar, la más fácil y eso entristecía mi alma triste, no porque me
pensara tan horrenda y poco decente; sino porque, después de tantas
situaciones, pleitos y llantos… nada había cambiado, quizá, en ninguna.
A veces pienso que nunca llegaré a ser en
verdad feliz, todo su sermón me llevó a pensar las cosas no tan detenidamente,
pero a pensarlas. Me encontraba realmente confundida, además, le había
comentado sobre unos días en Bacalar con mi Romeo, y al decirme que seguro
quiero hacer sexo con Brian, sentí que me morí. La única verdad, era que quería
estar sola, pasear, nadar, pensar, no pensar, sentir, comer, reír,
fotografiarme junto a mi perro, dormir bajo el cielo estrellado, cantar
mientras me baño, irme, diluirme junto al cálido cuerpo de mi amigo fiel y
simplemente, todo lo que ella albureaba, era acerca de la bajeza de mi persona,
la pobre, tonta, fácil y puta hija suya.
¿Cómo
no morirme? ¿Cómo no dolerme? Quería que el cúmulo en la ingle, explotara, me
llevará no importa si al infierno, o al paraíso, o a ninguna parte, todo menos
aquí, escuchándola y sintiéndome. Mamá, ¿recuerdas que pasó con el abuelo?
Claro que lo recordaba, una presión más y acabaría por seguir sus pasos,
directo a la morgue. No era una chica estable. Si ella supiera que perdí mi
virginidad con ese chico que ella consideró inofensivo, si supiera que siempre
he sido yo la causante y única autora de mis desgracias experimentales. Si
supiera que me ahogo en mí actuar, que mis pensamientos me encarcelan en una
magnífica fortaleza de ignorar el tiempo. ¿Cómo le explicas al mundo que no te
sientes parte de él? ¿Cómo le explicas a la señora que te dio la vida, que
estás a punto de colgarte porque todo es una maldita estupidez? ¿Cómo le haces
entender, que sus críticas no ayudan en devolverte a la tierra; sino que al
contrario, te extirpan de un bofetón?
La persona que más te ama, es la que más se
inmiscuye en tu vida y es la que odias al final del día. Me pegunté cuánto
amaba a mi madre como para perdonar el daño que me causaba y aceptar su amor,
de la forma en que venga empaquetado. No quería parecer más mal agradecida de
lo que ya era; pero antes de salir de casa esa mañana, le pregunté cuánto más
me haría esto, estas escenas y esos reclamos de mi vida privada, me respondió
que siempre que viva bajo el techo de su casa tendría que respetarla, aunque
eso signifique dejar a un lado ciertos deseos personales. Nunca había luchado
por alguien, esta vez, era turno, de verdad, enserio, de luchar por mi y mi
vida. Le dije que buscaría casa para rentar, me dijo que le parecía perfecto,
salí, lloré, caminé lo más etérea y digna que pude, recogí mis alas rotas y
abrí la tienda, puse música y lo que más amo fluyó como trompo sin detenerse:
el malestar de sentirse basura humana.
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